
En mis sueños de princesa, el deseo concedido era tener un diente derecho y el cabello liso como una sábana. Ya adolescente, el deseo se transformó en 8 kilos menos y unos 5 centímetros más de altura. Después de ser madre, el deseo significaba una cintura de 60 centímetros. Más tarde, el deseo se completaría con lograr unos 10 años menos. En este mundo mensurable, ser princesa representa algunos números de más o de menos en algún sitio del cuerpo. Y cuando los números no pueden estar en el cuerpo, siempre es bueno que estén, al menos, en el bolsillo.
La lógica de los cuentos me dice que todo aquello que logré transformar en el mundo, no estaba en mi cuerpo. Si estuviera en mi cuerpo, yo sería la princesa. En cambio, el diente torcido, el cabello enrulado, los kilos y los años, me convirtieron en…el hada madrina!...esa simpática ...