jueves, 27 de marzo de 2008

Cossa de teatro

“Uno debería decir gracias e irse, llevarse este momento para siempre. Pero sería muy desconsiderado…” con estas palabras sencillas y contundentes como una pisada sobre el cemento, el dramaturgo Roberto Cossa recibió la declaración de Visitante Ilustre de la Ciudad de Córdoba nada menos que hoy, el Día Mundial del Teatro.

La discursiva casualidad de porquería que siempre me persigue para demostrarme aquello de Anatole France, quiso dos cosas: la primera, que tuviera que estar ahí para escuchar esto y la segunda, que hubiera de referirme al teatro nuevamente.

Para la primera coincidencia, tengo además que aclarar que es mi trabajo estar en esos lugares “oficiales”, cronicar lo que sucede para la historia institucional y hacer lo que algún gracioso ex jefe supo definir como “literatura de gobierno”, para explicar frases indecibles en la jerga periodística y sí, tal vez con suerte, en la poesía. Lo siento. Todavía hoy las pirámides me quedan todas derechas.

Para la segunda coincidencia, tengo que explicar por qué el maestro Cossa hubiera preferido el silencio y reservarse el momento de la gloria como un dulce que se disfruta a escondidas. Por qué al pie de un escenario, sin siquiera pisar las tablas, con ese olor a encierro, humedad y tapizados de butacas, un teatro sigue transportándome a la deliciosa libertad.

Estudié teatro durante diez años con Kantuka Fernández, quien dirigió varios grupos de teatro independiente y durante mucho tiempo a la mismísima Comedia Cordobesa. Ya en el último año nuestro incipiente Teatro Estable Manuel Belgrano (TEMBEL) se animó a hacer algunas “giras” …bueno, digamos sólo dos...mmm…digamos, hasta San Juan, invitados por esa Universidad Nacional.

Lluvia torrencial en una zona donde no llueve nunca. Extraviados en medio de la nada a la madrugada. Arribando a destino sin tener dónde dormir habiendo viajado en un transporte de la UNC que se descomponía cada dos kilómetros. Un sala perfecta para cuatro jóvenes, entre los cuales figuraba yo, la única mujer (como siempre). La obra era de Roberto Cossa. Los que fueron a vernos, sólo diez. Pero la felicidad que me inundaba al final de mi monólogo era tal que tuve la misma, exacta, sensación del maestro, decir únicamente gracias e irme. Sólo con dos enormes diferencias: tenía 18 años y no hubiera sido desconsiderada con nadie. No había a quién defraudar. No tener a quien defraudar es una amplia capa donde cobijar la libertad.

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