martes, 19 de febrero de 2008

Iud

Mi abuela Adela vivió en Capilla del Monte hasta que murió hace más de diez años. Todas las vacaciones de mi infancia transcurrieron en el pueblo, donde continuaron viviendo mis primos hasta que se casaron y se desparramaron por el mundo. El cerro Uritorco ha sido desde siempre un refugio para mis ojos cansados de contemplar milagros. Hoy, que soy sólo un punto en el plano, necesitaba dos cosas: primero, ver desde arriba, como si estuviera nuevamente en la cima y segundo, entender mis propias incoherencias.
Recordé entonces que los bomberos de Capilla nunca tenían suficiente dinero, así que organizaban sorteos de premios para reunir fondos. A mi abuela le vendieron un número. Después, se olvidaron del premio. “Le vamos a decir la verdad, doña Adela. No tenemos premio. Pero usted se hubiera negado a colaborar si le decíamos que no había premio”. Mi abuela siguió comprándoles un número de sorteo todos los años hasta que murió, sabiendo que no había premio. Hacía cosas ilógicas ella. Porque le interesaba más la verdad que la lógica. A la lógica no le interesa que las cosas sean verdaderas, sino que sean coherentes.
Hoy, que soy sólo un punto en el plano, me siento feliz por mis incoherentes palabras, mis incoherentes sentimientos, mis incoherentes fotografías de una ciudad en un blog dedicado a otra, mis incoherentes creencias que repasaron todas las culturas del mundo. Hoy soy sólo un punto, pero ese punto es el que me rescata.

No hay comentarios: