martes, 26 de febrero de 2008

El secreto de la flor de oro


Carl Jung dedicó su vida entera a comprender, entre otros aspectos, la estructura de poder del sueño: el sueño “hace navegar” por el inconsciente humano la idea de lo colectivo en el cual descansan las figuras arquetípicas ancestrales que le otorgan al ser humano su ser. Estudió el proceso de individuación a partir de los arquetipos culturales, entendió ese proceso desde la alquimia psicológica y a la alquimia como el arte sagrado de los pueblos sabios. Rescató para la cultura aquello que los hombres llamaron “magia” y que no pudo ser sustituído por la “ciencia”, ya que aquello que conocemos como la antigua “magia” no es otra cosa que la Magna Ciencia, la sabiduría antigua que sólo pudo ser transmitida a través de símbolos.
Su aporte más conocido en el campo de la Psicología fue el concepto del inconsciente colectivo. Sin embargo, muy poco se dice de su maravilloso método, la “imaginación activa”, ese proceso único que utiliza el material inconsciente como un lugar de privilegio para el encuentro con el “sí mismo”. Estos procesos psicológicos, que Jung llamó alquímicos, fueron definidos a partir de un lenguaje puro, el lenguaje simbólico, el único lenguaje que reconoce lo inconsciente y que la consciencia no puede explicar si no ha accedido a ella merced este proceso singular.
Magia de Córdoba intentó en este tiempo jugar con ambas cosas: por una parte, con el inconsciente colectivo de la ciudad cuyos símbolos descansan en cada objeto que nos rodea y a los cuales rescatamos, resignificamos o comprendemos desde nuestro equipaje cultural. Por otra parte, con el proceso de individuación propio, por el cual nunca sabré si la que habla es la ciudad o mi propia voz, escondida entre tanto follaje de palabras, pegándome a lo urbano como quien busca compañía en ese todo cálido al que llamaría “paraíso” si no fuera porque a veces me hace llorar. Les aseguro que no es sencillo enfrentarse a diario a los sueños propios, a los propios símbolos, al material afectivo que accede sin querer, a la posibilidad de estar mezclando en esta alquimia, aquella que soy con aquella que la ciudad es y no saber a veces dónde termina, si es mi brazo o una avenida por la que pasan a mano y contramano todas las personas que me rodean.

“Pero lo que hemos superado son sólo los fantasmas de las palabras, no los hechos psíquicos que fueran responsables del nacimiento de los dioses. Estamos todavía exactamente tan poseídos por nuestros contenidos anímicos autónomos como si éstos fueran dioses. Ahora se los llama fobias, obsesiones, brevemente, síntomas neuróticos. Los dioses han pasado a ser enfermedades, y Zeus no rige más el Olimpo, sino el plexus solaris y ocasiona curiosidades para la consulta médica, o perturba el cerebro de políticos y periodistas quienes, involuntariamente, desencadenan epidemias psíquicas.”

2 comentarios:

Nekura dijo...

vocatus atque non vocatus deus aderit


como dice el oráculo.

me encanta tu propuesta y tu forma de ver el trabajo que haces.


esta es tu magia claudia.

gracias por compartirla

claudia paredes dijo...

Muchas gracias. (todos tenemos alguna magia)