Diego tenía sólo siete u ocho años cuando aprendió ajedrez y desde entonces sus movidas fueron todas maestras. Lo recuerdo jugando cabeza con cabeza con el viejo Gallego que vendía muebles en Capilla del Monte, ganándole siempre hasta hacerlo reventar.
Diego heredó de mi abuela la habilidad para leer a las personas a través del Tarot, ella lo había aprendido de unas gitanas a las que su madre la llevaba para que le “sacaran el diablo”, porque era rebelde...la parte de herencia que me tocó en suerte.
Diego tomó un día su mochila y con un sólo billete unió Potosí, La Paz, Macchu Picchu, Cuzco, Santiago de Chile y Barcelona, haciendo su propio juego, el “juego del juego” como él mismo definía al ajedrez.
Diego es quien me comprende cuando estoy triste y me acerca películas, libros y tecnología para que aprenda a unirme con el resto de la tierra cuando atravieso mis períodos de larva.
Diego me regaló la notebook, la cámara digital, el pendrive, me enseñó a mirar Internet con algo menos de temor, por él aprendí a chatear, a internarme en los laberintos digitales.
Diego es diseñador industrial, director creativo y de usabilidad en las empresas BCNMedia y TMT Factory en Barcelona, donde vive. Pero aunque ya es un "ejecutivo", no he conocido a nadie como él que conserve tanta humanidad en el manejo tecnológico del mundo, haciendo amables las máquinas y las cosas, que parecen inclinarse a su paso.
Diego hace fáciles todas las cosas difíciles. Diego hace fácil mi vida.







