domingo, 30 de diciembre de 2007

Grandes Paredes

No podría comenzar un año nuevo sin hacer justicia a mi apellido y hablar de la energía poderosa para construir que heredaron todos mis hermanos. Por la mezcla interesante de opuestos tan remotamente opuestos, como la sangre de mi padre, que llegó desde Bolivia con ancestros indios (y guerreros) y la de mi madre, blanca casi transparente, descendiente de franceses y catalanes (y guerreros, je). Nunca se pusieron de acuerdo en la más mínima cosa, excepto las cinco veces (supongo) que resultaron en cinco vástagos.
La primera de esas coincidencias, Patricia, heredó el aspecto menos intelectual de la sangre original, puro impulso y puro corazón. Patricia es mi confidente. Patricia nunca entiende nada con la razón, pero es la primera en comprender quién tiene hambre, sed o quién necesita abrigo o abrazos. Por eso es maestra jardinera en escuelas urbano-marginales, donde la adoran. Para explicar ese don de amor por los niños, recuerdo de ella regresar del entierro de su primera hijita y con ternura a prueba de balas, lavar a mano en ese mismo instante la ropa de su bebé, diciéndo ante mi mirada azorada "otros pueden necesitarla".
La segunda coincidencia, David, desarrolló la capacidad de amar el mundo, y con esto digo el hombre y la naturaleza. David es trabajador social en APADIM, donde también lo adoran. David fue siempre mi brazo protector. Mucho antes que tomara a Los Gigantes y el andinismo como su segunda casa, David me enseñó a recorrer la distancia que separa lo que quiero de lo que puedo hacer. De él aprendí esa vocación de salir, mochila y cámara en mano, hacia ninguna parte, quizás rememorando nuestros paseos juntos por las montañas de Córdoba que hacíamos en nuestra adolescencia y que hoy son viajes por las calles de la ciudad.
La tercera coincidencia fui yo y la cuarta mi hermano Diego, de quien ya he hablado anteriormente.
La quinta, como si del quinto elemento pudiera decir algo, fue Lucas. Tal como su venida y nacimiento, Lucas será para mí siempre una sorpresa, así como sorprendió a mis padres ingresando a la Escuela de Policía, donde hoy es instructor. Las mejores cosas de Lucas no las puedo contar, por respeto a la prudencia que exige su trabajo, pero de él lo que más recuerdo es haber aprendido a andar en triciclo antes que a caminar. Y todo lo que hace es así: aprende más rápidamente lo difícil que lo fácil y de allí que sea algo así como un pequeño genio.
No es sencillo hablar de quienes están más próximos a uno. Lo acabo de comprobar. Que valga solamente como un homenaje chiquito a la dualidad de mi sangre, que hace que pelee conmigo misma todo el tiempo (como la Anfisbena), pero que también me enriquece la voluntad. Construyendo grandes paredes. Grandes, Paredes.

6 comentarios:

ariadna dijo...

¿¿¿y cómo no vais a construir cosas si os llamais paredes??? feliz año :)

claudia paredes dijo...

Jaja, un beso "familiar" para vos.!!! (y Diego).

ceci dijo...

Qué hermoso post de homenaje a tus hermanos. Me has dado ganas de hacer algo respecto al mío, único y muy mayor (bah, 17 años de diferencia nomás). Ya se viene... (y no es el chico Queremos Star Cristian, eh?)

claudia paredes dijo...

Jaja, supongo que te lo deben haber dicho muchas veces...(te digo que lo pensé). Espero ese post. Abrazos de verano.

sr. linch dijo...

Oh, que lindo post. La casualidad me trajo aquí, casi sin querer (creo). A David lo queremos, lo respetamos, lo escuchamos atentamente y aprendemos. Y algunos le debemos mucho. saludos.
Martín

claudia paredes dijo...

Me emocioné con tus palabras. Muchas gracias Martín, en nombre mío y de David!